jueves, diciembre 01, 2016


Dentro, con una expresión adusta, iban sentados dos empleados de la funeraria, el chófer y su acompañante, y detrás de ellos, en la superfície de carga, por decirlo de algún modo, en su ataúd reposaba, como era de suponer, alguna persona que se había despedido de la vida hacía poco tiempo, con el traje de los domingos, la cabeza apoyada en un pequeño almohadón, los párpados cerrados, las manos juntas y las puntas de los zapatos señalando el cielo.

WG Sebald, Los anillos de saturno. Traducción de Carmen Gómez García y Georg Pichler.

Des de certa distància predominen en ell els grans trets senzills que constitueixen el narrador. Més ben dit, apareixen en ell com en una roca pot aparéixer, per a l'espectador que es troba al a distància correcta i en l'angle visual adequat, un cap d'home o un cos d'aninmal. La distància i l'angle visual ens el prescriu una experiència que tenim ocasió de fer gairebé cada dia. Aquesta experiència ens diu que l'art de narrar està arribant a la seva fi. CAda cop és més freqüent: que es produeixi el desconcert en una reunió quan algú expressa el desig d'escoltar una història. És com si s'ens prengués un talent que ens semblava inalineable, la cosa més segura entre les segures. Em refereixo al talent d'intercanviar experiències.

Una causa d'aquest fenòmen és evident: la cotització de l'experiència ha caigut.

Walter Benjamin, 'El Narrador' en Assaigs de literatura contemporània. Traducció de Pilar Estelrich.

Somos seres sociables porque nos parecemos muchísimo unos a otros (mucho más desde luego del o que la diversidad de nuestras culturas y formas de vida hacen suponer) y aproximadamente solemos querer todos las mismas cosas esenciales: reconocimiento, compañía, protección, abundancia, diversión, seguridad...Pero nos parecemos tanto que con frecuencia apetecemos a la vez las mismas cosas (materiales o simbólicas) y nos las disputamos unos a otros.

Fernando Savater, Las preguntas de la vida.

Y la muerte, que yo siempre había considerado la magnitud más importante de la vida, oscura, atrayente, no era más que una tubería que revienta, una rama que se rompe con el viento, una chaqueta que cae de la percha al suelo.

Karl Ove Knausgaård, La muerte del padre. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Con el pensamiento podemos justificar cosas espantosas, los argumentos sirven para defender y sostener lo más repugnante; el placer de lo espiritual, su brisa vivificante enajena a menudo el contenido y las consecuencias de cuanto se discurre

Gonzalo Torné, Lo inhóspito

jueves, noviembre 24, 2016


Parecía triste de una forma sublime, como alguien firmemente decidido a sobrevivir a inviernos persistentes en algún punto septentrional del mapa.

Don DeLillo, Fin de campo. Traducción de Javier Calvo.

jueves, noviembre 17, 2016

El viejo tema de las películas favoritas


Es una suerte contar con las películas favoritas. Pero hay una pregunta previa a este valioso descubrimiento ¿a qué se oponen, por lo general, nuestras películas favoritas? No tanto a las películas que detestamos - ¿recordamos en el fondo todas las películas malas o son las decepciones nuestras anfitrionas en el gusto negativo? - como a las películas que consideramos buenas, necesarias o interesantes pero, por razón alguna, no nos generan debilidad.

Esto podría ser explicado de un modo más sencillo y hasta tradicional. Podría decir que se trata de una separación entre gusto y juicio: puedo juzgar y pensar una película, puedo escribir sobre ella, pero tal vez no me guste demasiado.

Sin embargo, sabemos bien que no es así. Si bien el gusto puede tener inclinaciones, en la lista de películas favoritas habrá razones de las llamadas del tipo sentimental. El tipo sentimental sería una película que dejó una marca indeleble.

Pero en las películas favoritas no puede ser una si no un compromiso renovado, sea con un sentimiento de nostalgia o sea por el simple placer de ir volviendo a ellas. Entonces ¿Dónde aparece la suerte?

Vayamos entonces a un ejemplo práctico. La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Hawks, 1938). Estoy bastante convencido formar parte del nutrido ejército de admiradores que, generación tras generación, renuevan su animosidad y amor por la película. Famílias, amantes, amores: si esta película con Cary Grant y Katherine Hepburn requiriera su colectivo de fans, deberíamos decir que conquista estructuras enteras de amor.

¡Y qué fácil es juzgar la película! Todo se cae, todo sale mal, y el amor es una fuerza anárquica. Ciertamente, podemos decir, Hawks no pensaba igual que Ernst Lubitsch. Ni tampoco pensaba igual que su otra obra maestra de la screwball, Bola de Fuego (Ball of Fire, 1941) ni parece que le interesara mantener diálogo alguno con Frank Capra o George Cukor.

Y sin embargo, Grant y Hepburn cantan desesperados una vieja tonadilla de swing y entonces nosotros no podemos dar ninguna otra cosa excepto amor. Sea diáfana o no la revelación, como ese esqueleto y ese lugar donde todo se tambalea una vez más, no dejaremos de canta. La película tiene entonces su propia música interna. Como el amor.

martes, noviembre 01, 2016

Problemas fronterizos


Todos queremos algo (Everybody wants some, 2015)

¿Existe tal cosa como el cine libre? Casi siempre que se usa ese adjetivo se refiere a una metáfora y de modo estrictamente reactivo: frente a la que sea la forma dominante - pensamos en una narración, en una película que tiene un centro digamos narrativo - el cine libre podría saltar tales reglas y tener otros intereses.

Si asumimos que en 2015 esos presupuestos son algo endebles, cine libre sería también o, fundamentalmente, algún tipo de reacción contra lo que se establece como mayoritario. Pero esto ahora nos sirve poco.

Para empezar, porque la forma de Hollywood es variada tanto en televisión como en cine, y no tiene una característica; y si la tuvo antes, que es dudoso, bien podríamos decir que tenía la reacción algo de ilustrativo de esa forma.

En todo caso, no conviene desdeñar ahora el adjetivo como una discusión del pasado que no vaya a repetirse. O no conviene fingir que el cine es algo impersonal, que no son los espectadores y espectadoras quienes encuentran esa libertad como metáfora de un descubrimiento y como construcción del gusto y también del juicio y la tradición.

Como tales cosas no son fijas, y se discuten ampliamente, vamos a definir que es tal cosa como el cine "libre" de Richard Linklater: suele ser el hecho de que reduzca la escala y a ratos, sus temas parezcan ocultos. Son nítidos, pero ciertamente no hay un personaje que, necesariamente, quiera algo y luche por conseguirlo.

Como hablan y a ratos están, en efecto, dudosos o mirando, eso genera un efecto retórico de no tener la película trama. Pero la tiene, aunque son los énfasis que cambien.

II

Todos queremos algo es, al mismo tiempo, según el propio cineasta, una secuela de Boyhood (2013) y Movida del 76 (Dazed & Confused, 1993). Se centra en un día en la universidad, pero sucede en lo que probablemente fue 1980, un año que Linklater vivió.

Un contemporáneo de Linklater, Quentin Tarantino, ha filmado en 70 mm este año una película del oeste. El formato pretendía evocar casi literalmente a las grandes producciones de antaño, incluyendo una presentación y un descanso.

Dos directores llegando a los cincuenta evocan el tema del tiempo y su mirada al pasado. Con una nostalgia que si no parece gigante, si es al menos lo suficientemente relevante para que condicione sus premisas.

Todos queremos algo es, en realidad, una versión melancólica de las películas adolescentes de los ochenta. Hay rastros de epifanías de su cineasta, pero no resultan profundos: los protagonistas no son entendidos más que como arquetipos de un momento estelar que ya pasó.

Ese momento estelar son los días previos a la clase, donde el héroe, Jake, encarnado por Blake Jenner, ve la llegada de la experiencia universitaria. Si no el cine, al menos Linklater parece temer a los efectos de la educación formal: a la experiencia univeristaria, a una mirada amplia, a lo que se sugiere después de años aprendiendo.

Se ve más confortable en fronteras más estrechas y aquí afectan a la película. Con otra versión más del chico conoce chica propia de su pathos, vemos a actores recitar encantados líneas de guión del flirteo reglamentario. El flirteo suele ser romanticismo mucho más aburrido de lo que admiten sus defensores: cada momento es revelador, cada momento es significativo, con lo cual se hace un romanticismo general, poco lleno de texturas. Esa es la razón por la cual la segunda entrega de su trilogía Antes supuso un paso de madurez, porque era, en general, una historia de amor muy poco romántica durante muchos momentos.

Eric Rohmer, con frecuencia evocado por el cineasta y por los críticos, solía ser un ironista audaz. Dejaba a sus personajes hablar, pero también nos dejaba a nosotros contemplares en sus paradojas. A diferencia de Rohmer, Linklater parece terminarse en la nostalgia, en la vaguedad del sentimiento y en mecernos durante dos horas.




sábado, octubre 22, 2016

Una historia personal


Se ha muerto Steve Dillon. A los 54 años, en Nueva York. Los detalles concretos son pocos. El dibujante inglés transformó por completo mi relación con los tebeos. Probablemente, de maneras más sutiles de las que pueda enumerar ahora. Haremos una primera tentativa.

La relación y la experiencia como lector es siempre delicada (casi tanto como otras). La del lector de tebeos, los tebeos semanales de grapa, también tiene sus peculiaridades. Una de las peculiaridades es que las personas crecen y de repente, el adolescente busca otros lugares, otros mitos. Las historias de superhéroes dejaron de ser tan interesantes para mi durante gran parte de mi adolescencia.

La razón puede resumirse en términos simples, sin que lo sea por ello necesariamente: algo prohibido, algo distinto. El adolescente busca en lo oscuro, y ¿qué mejor lugar para empezar que los tebeos de Garth Ennis dibujados por Steve Dillon?

Predicador era perfecta cuando la encontré una tarde tonta en Mataró en el verano de 2001. Había chistes contra la iglesia - lo que a un chico de clase obrera de educación ligeramente católica de Mataró le sonaba muy subversivo -  y había un enfrentamiento contra El Mal entendido como los tacos.

Estaba Abierto hasta el Amanecer, es decir, estaba Tarantino y estaba Ennis. Formaban parte de la misma tradición, aunque tradición significara (también o básicamente) moda. Leí el tebeo como vi aquellas películas.

Esta paradoja más que ser explorada en sí, era una excusa para hacer un tebeo de ultraviolencia de parte del bien. Que no envejeciera bien parece ahora casi una parte de su encanto, una pequeña modestía contractual.

Claro que también estaba el Hellblazer donde John Constantine y su habilidad para fumar se convertían en una trampa. Este tebeo era más que subversivo, hábil: Dillon sobresalía también por su capacidad de recuperar lo que se supone que había sido siempre Hellblazer.

Dillon era, en buena medida, el protagonista de los hallazgos de Ennis. No podían explicarse por separado. Dillon daba a los diálogos - chabacanos, llenos de chascarrillos, con ingenios ocasionales - una cierta suciedad y una expresividad insólita.

Para cuando cumplí los diecisiete años, ya no tenía demasiado sentido fingir que no amaba el género superheroico. Todo esto cambió en gran medida gracias a Frank Miller, Warren Ellis, Joss Whedon Jason Aaron (para el que también Dillon dibujó tebeos gloriosos), Mark Millar y etcétera.

Hubo un tebeo a los veinte que lo cambió todo, por supuesto. Decían que allí Ennis y Dillon habían estado mejores que nunca. Había leído críticas online, pero las rebajas y la segunda mano ayudan. El Punisher de Ennis y Dillon era casi todo lo que yo necesitaba para borrar el edificio (igualmente frágil) de preconcepciones.

i había rémoras de sospecha en mí acerca de Punisher - no deja de ser el prototipo de justiciero ochentero con una anarquía de derechas modelada en pleno conflicto social de las reaganomics - quedaron borradas.

Lo cierto es que Bienvenido a casa, Frank es uno de mis tebeos favoritos. Actualizando la premisa del western, adaptándose bien a lo que hacia las mafias a la gente corriente y currante, Punisher se lee como una irónica fábula de robo a los extorsionadores con sangre e ironías respecto al sistema: el escepticismo sin exceso, donde la institución y la comunidad se hacen necesarias delatan la inteligencia de un Ennis inspirado y un Dillon fuera de lugar.

Este tebeo me acompaña, y merece la pena releerlo cada cierto tiempo. Dillon estaba en sus mejores momentos. Los tebeos tienen también memoria individual y experiencia conocible; en este caso, Dillon y sus dibujos eran parte de un paisaje y de su renovación.

Cuantas veces nos sucede eso.


lunes, julio 18, 2016

Extrañezas


Hace bastantes años que no veo ni 'Los Goonies' (The Goonies, 1985) ni leo o releo libro alguno de Stephen King. Hace, de hecho, diez veranos en los que me animé a leer aquella novela (ahora tan anticuada) de unos teléfonos móviles que se convertían en transmisores de una plaga de zombis descarnados. Se llamaba Cell, y como tantas novelas de Stephen King tenía una banda sonora incluída en el libro, una narración fluida y un giro final no del todo previsible.

Sin embargo, recuerdo con mucho gozo el primer momento en el que leí Historias Fantásticas, sacada de la habitación de mi tía y perteneciente quizás a uno de mis primos. Se suele recordar aquella sentencia de Nabokov de que el mejor momento para leer es en algunos años de la niñez donde todo fluye.

Le di vueltas a la frase y creo que he logrado descifrarla: ciertamente, las lecturas de infancia no tienen protocolo de lectura instalado - como sí lo tienen las de adolescencia - y suspenden el juicio en favor del aire perenne de descubrimiento. Tal vez, de existir algo es la preferencia, los grados de atracción.

Poco importa. Aquellos relatos de King me resultaban muy divertidos e identificables. Como luego lo hicieron It o Todo es eventual. Hablo de esto porque he visto Stranger Things, una serie de Netflix que desde los títulos de crédito homenajea y se postula como kingiana.

**

No siento especial devoción por aquellos referentes. Qué impostura más absurda sería declarar mi pasión incondicional por aquellos ratos o mi nostalgia. Lo que me parece más interesante de la serie de los hermanos Duffer (el nombre es real) es que consiguen suspender el juicio.

La historia, que se ocupa de un grupo de muchachitos intentando recuperar a su amigo perdido de otra dimensión, tiene una cosa obligatoria en la reciente cultura estadounidense y su eco global: el pathos spielbergiano. Hay una niña con poderes que es, al mismo tiempo, E.T. y Samantha Morton en Minority Report.

Y la trama es al mismo tiempo Poltergeist y La Cosa (que era de John Carpenter). Y los adolescentes son o podrían ser parte de Halloween o de Pesadlla en Elm Street. Parece evidente entonces que los niños no crecieron en la década de los ochenta si no más bien alimentados por algunos de los referentes de la cultura de masas de los ochenta.

***

Hay muchos anacronismos en la serie, que transcurre en un pueblecito estadounidense en 1983. El más evidente de ellos es el rito de descubrimiento de los Clash entre dos hermanos. O una canción posterior de los New Order.

No creo que estos anacronismos sean fallos u errores, si no más bien revelaciones. Los mecnaismos de la memoria son peculiares, pueden teñir o unificar, y así parece escrita la serie. Lo sorprendente es que la serie me gustó independientemente de sus evocaciones y búsquedas.

Claro que agradecí que imitaran la elegancia visual de John Carpenter y que los hermanos Duffer intentaran, al menos, composiciones panorámicas del pueblo y modos elegantes de jugar con sus diabólicas criaturas.

Pero lo que me pareció interesante de la serie es que su escala era muy reducida. Había un sentido pequeño de la acción, lo que la hace diferente de otros homenajes nostálgicos. Todo podía caber en el prólogo que transcurre con los protagonistas jugando a rol en un sótano.

Ese sentido de descubrimiento no le añade cursilería. Los personajes adultos de la serie son opacos o terminan tomando decisiones opacas. La oscuridad acecha, aún cuando parece vencida. El tiempo pasa y tiene heridas que vamos a ir comprendiendo. No creo que los Duffer usen los ochenta en alcance alguno, la sombra de Reagan parece banal o adecuada al ambiente, pero no se percibe  ningún sentido histórico.

Se ha insistido en los materiales promocionales que sus hacedores pensaban más en una película de ocho horas que en una serie. Si por serie entendemos una serie de lugares comunes y extremos dramáticos un poquito pasados de roscas, tal vez tengan razón. Y ésa sea la mejor razón para verla.

jueves, junio 30, 2016


Sentí pena por nosotros, por los dos, por todos, extraños organismos bajo el sol. Grandes mentes que convivían demasiado cerca de almas exaltadas. Y además, almas desterradas que añoraban su propio mundo, su hogar. Todo ser vivo llora la pérdida de su mundo-hogar.

Saul Bellow, El Legado de Humboldt. Traducción de Vicente Campos.